Comenzaba el ocaso. Las curvadas y grises montañas proyectaban sombras cada vez más largas que cubrían el bosque lentamente, quitando la luz progresivamente de las copas de los árboles azules que ya empezaban a perder las hojas en aquel otoño. El sol estaba más rojo que de costumbre y el verde cielo estaba anormalmente despejado. Hacia el norte se podía ver la imponente presencia de Gorth, el mayor de los satélites que parecía disfrutar de aquel momento, absorto, casi inmóvil. Como si a la distancia pudiera detener su tiempo, alargar ese instante, disfrutar del aroma, del sonido que provocaba el suave viento, de observar como los mogúls salían y volvían a entrar jueguetonamente en sus madrigueras y del lento y casi silencioso avance de las aguas del Forú, que más abajo incrementaban su ruido, formando las que centenios más tarde serían conocidas como Las Cataratas Olvidadas.
La temperatura aun era muy agradable y sólo la presencia de aquel transporte menor, casi destruído rompía el momento que parecía llenar de éxtasis a cada uno de los grandes cráteres, que daban cuenta de los millones de años que Gorth, el testigo, había estado acompañando a su planeta regente, Hilliex.
Sobre el monte Druck se destacaba la esbelta figura de Lara, con los ojos entreabiertos observaba como el rojo Nurthe se ocultaba en el horizonte de aquel lejano mundo que había buscado por años y que no estaba en ninguno de los mapas estelares.
Desde allí Lara podía ver como más abajo, a la distancia, las gotas de las aguas del Forú se elevaban y surcaban el aire, sobre las cataratas, formando un arcoirirs de colores nunca antes vistos por sus ojos.
Ella quería que ahora el tiempo no transcurriera, que el reloj del universo detuviera su marcha, que las estrellas cercanas el centro de la Galaxia pararan su frenética órbita alrededor del masivo agujero negro, que esperaba, con la paciencia infinita del pescador experimentado, a que la materia que le rodeaba fuera siendo suya, de a poco, pero siempre cayendo, de manera inevitable.
Aquel día Bruce hizo lo que hacía todos lo días. Se levantaba muy temprano y salía a caminar, matando las horas hasta que llegara el atardecer, momento en el que él llegaba a la cima del Druck, el más alto de todos, para ver una vez más ese espectáculo único.Sobre el monte Druck se destacaba la esbelta figura de Lara, con los ojos entreabiertos observaba como el rojo Nurthe se ocultaba en el horizonte de aquel lejano mundo que había buscado por años y que no estaba en ninguno de los mapas estelares.
Desde allí Lara podía ver como más abajo, a la distancia, las gotas de las aguas del Forú se elevaban y surcaban el aire, sobre las cataratas, formando un arcoirirs de colores nunca antes vistos por sus ojos.
Ella quería que ahora el tiempo no transcurriera, que el reloj del universo detuviera su marcha, que las estrellas cercanas el centro de la Galaxia pararan su frenética órbita alrededor del masivo agujero negro, que esperaba, con la paciencia infinita del pescador experimentado, a que la materia que le rodeaba fuera siendo suya, de a poco, pero siempre cayendo, de manera inevitable.
Bruce nunca habia sabido cómo había llegado a ese lugar, simplemente recordaba que en elgún momento se despertó en medio del bosque, muy adolorido y con mucha sed. Sólo eso.
Tampoco él podría haber respondido qué era lo que lo hacía subir día a día, hasta llegar al punto más alto del planeta. Pero nunca habia dejado de hacerlo.
Ese día se sorprendió, supo que no estaba solo, alguien se le había adelantado y era la primera vez que recordaba haber visto a un ser humano. Se acercó lentamente por sus espaldas.
A medida que avanzaba, notó que el traje del visitante era similar al que alguna véz él utilizó. Le resultaba muy familiar.
Lara empezó a sentir frío, la temperatura descendía.
Bruce estaba pasmado. Su mente se llenaba de recuerdos. Su vida anterior volvía a existir. Era como si le hubieran dado un golpe en pleno cerebro y hubieran incorporado instantáneamente todos sus vivencias.
No sabía si gritar, si saltar, si correr, si quedarse mudo. No sabía qué hacer. Hace un minuto sentía un profundo desprecio por quien estaba invadiendo su espacio, pero ahora toda su existencia se había visto desgarrada y el miedo lo había paralizado. Escalofríos, sudor, sequedad en la boca, lágrimas empujando sus párpados, queriendo salir a borbotones.
Delante de él, inmóvil estaba Lara. Su amada.
Desde donde él estaba, la delgada silueta se dibujaba tras Nurthe y estaba rodeada por los hermosos colores del arcoiris.
Lara observaba como los colores de ese arcoirirs variaban y se desvanecían a medida que caía la noche. Ella sabía que lo había logrado. Ese era el lugar, el que le habían indicado sus sueños. Aquel que nunca nadie creyó realmente existía.
Bruce ahora revivía el momento en que su nave sufrió el siniestro que le dejaría naúfrago en aquel mundo. Recordó la caída en el bosque y cómo fue que el primer día había subido al mismo lugar en que se encontraba ahora. Y cómo esta situación la repitió día a día. Hasta hoy.
El momento era de tensión. Lara convenciéndose de que hay algo más, algo que va más allá de nuestra comprensión y Bruce viendo violentado todo su ser con esa inesperada situación.
Lara seguía queriendo detener el tiempo. Quería dejar de sentir. Habían sido años de intensa búsqueda, de desesperanza, de volver a levantarse de las caídas. De portazos en las narices, de falsas expectativas. Pero ahora, ella sola, sin ayuda lo había conseguido.
El frío penetraba lentamente la piel de Lara, sus músculos se ponían tensos. Su vientre se contraía, pero ella seguía en la misma posición, no quería moverse.
Bruce ya no soportó más. Comprendió que eso no podía ser casualidad. Agradeció su amnesia, pero sufrió al comprender que el olvido no había alcanzado a Lara. Ella seguía recordándolo y no había quedado tranquila hasta encontrarlo. Se lo habían prometido. Habían acordado que si alguna vez ellos se separaban, se buscarían y se encontrarían. Costara lo que costara.
Pero él había fallado, había roto la promesa.
Bruce corrió, no quería siquiera pensar en que podría volver a perderla.
-¡Lara, has venido a mi!-gritó con todas sus fuerzas.
Ella sintió un fuerte viento por la espalda. Se volvió.
Bruce vio como ella se daba vuelta. Extendió sus brazos. Quería sentir el calor de ella, volver a sentir esa piel y ese calor. Pero no.
Lara se desestabilizó y cayó.
Su cuerpo no resistió más, las hemorragias internas producto del accidente habían hecho muy bien su trabajo.
Bruce no lograba entender lo que estaba sucediendo. No lograba saber porqué ahora, cuando creyó recuperar su vida, su razón de ser, volvía a perderlo todo de nuevo.
Sintió la impotencia, el odio y la rabia recorriendo sus entrañas.
Dio un paso atrás y creyó ver algo que lo descolocó pero antes de que tuviera el tiempo suficiente de racionalizarlo, sintió que lo tomaban por la cintura. Se dio vuelta y vio el dulce rostro de Lara sonriéndole.
- Te encontré. Te encontré.- Ambos se abrazaron como lo hicieran años antes.
Desde el firmamento, nadie notaría que Gorth observaba la escena y que sólo él sabía porqué Lara quería hacer eterno ese momento. Sólo él sabía que Bruce había subido sólo una ocasión esa cima, de la que jamás bajó. Sólo él vio como Lara trataba de mantenerse en pie con todo el dolor físico que sentía, y luchaba por impedir el desmayo. Sólo él notó la manera en que Lara evitaba mirar lo que se encontraba a sus pies y la manera como apretaba sus mandíbulas sabiendo que su llegada había sido demasiado tarde. Fue él que provocó que Lara se diera vuelta antes de desvanecerse y caer al lado del cuerpo esqueletizado de Bruce. Por eso nadie explicaría porqué en ese preciso instante la órbita de Gorth cambió, provocando un efecto de inlfexión gravitacional sin precedentes. Nadie, sabría que este cambio sería el que haría posible que Hilliex fuera detectado por los astrónomos, mucho tiempo despúes.
Nadie sabría que también esto haría que el deseo de Lara se cumpliera. Su tiempo se detuvo. Ahora ella y Bruce también sentían y acompañaban al viejo y sabio espíritu de Gorth.
Nadie sabría que esto permitiría que muchos años más tarde, se iniciara la colonización del sistema ni que ninguna teoría explicaría la singularidad ocurrida.
Nadie jamás lograría explicar cómo los restos de esas naves de origen terrestre estaban allí desde antes.
Nadie jamás sabría la historia del único punto del planeta donde podía verse el incomparable arcoiris que enmudecía a todo el que lo miraba por pri
mera vez.Nadie tampoco podría explicar por qué todos los que permanecían allí hasta la caída de Nurthe sentían esa sensación única, esa mezcla de horfandad y felicidad que extasiaba y hacía desear que el tiempo no existiera. El deseo de cumplir un imposible y vivir el no sentir.
