HACER LO CORRECTO

Y ahí estaba. Un túnel oscuro y él desplazándose a velocidad supersónica por el interior, saliendo por aquel lumen y divisando a lo lejos las luces de una ciudad que a medida que se acercaba se iban haciendo más y más amarillas. Hay un edificio que llama la atención. Es el más alto. Manuel atraviesa muros, se desplaza en el aire. Sabe que algo está por suceder en uno de los pisos inferiores. No podría asegurar la fecha en la que se encuentra, pero sí es claro que es en el futuro. Los focos son de una luminosidad anormalmente intensa y no existen cables visibles, el material de las paredes de los edificios, por lo demás es demasiado liso. Cree que puede ser algún lugar de Europa, talvez la Inglaterra del 2200. Pero no está absolutamente seguro. Espera indagar algo más para precisarlo.

Es casi medianoche y el café de medio litro que acompaña a Manuel casi siempre, se ha ido entibiando. Casi no humea. Manuel siente como los ojos de Wilma le siguen donde él quiera que vaya. En este momento él sabe que sólo el 402 y 408 están ocupados. En el 408 dos niños abrazados por su madre miran las estrellas por la ventana del dormitorio. En el 402 un anciano dormido sueña corriendo frenéticamente por una verde pradera. Manuel no está seguro donde se quedará. Desde pequeños a esos niños su madre les ha hecho saber que la estrella que ahora aparecía justo a media altura era su favorita y como esta noche acostumbraban mirarla juntos antes de dormirse. Hasta la había bautizado como “La Bonita”. Un frasco de vidrio, botado de lado y vacío sobre la mesa llamó la atención de Manuel. Cayó en cuenta. La mirada perdida de esa madre apretando con todas sus fuerzas a sus hijos, la oscuridad en su rostro hacían esperar lo peor. Manuel escudriñó los pensamientos de ella y supo que ya nada podría impedir aquella desgracia. Su garganta comenzó a apretarse. Ella sólo esperaba. Sus hijos señalaban a “La Bonita” y discutían de si esa noche estaba más brillante que lo normal. La madre se agachó un poco y les dijo “sé que ni siquiera les puedo pedir perdón, pero sepan que los he amado más que a mi” y luego los acercó a su rostro, estrechándolos.

El hombre de la 402 ahora miraba la lluvia en una noche de tormenta, el paisaje había sido borrado en un instante y su cuerpo volvía a sentir el peso de los años. Había luces en el cielo, las de siempre y ese ruido de motores que a él tanto le desagradaba en el interior de su cabeza. Sabía que soñaba y hacía esfuerzos para despertar, porque el ya sabía lo que venía ahora. Era un sueño recurrente. Sería tomado por la espalda y elevado rápidamente por una fuerza desconocida y él jamás sería capaz de identificar ese origen. Luego se encontraría en una casa antigua, con muebles viejos y telarañas por todos lados. Esa casa era la de sus abuelos. Volvería a encontrarse con ellos, pero sus rostros ya no serían los mismos. Le tratarían como a un niño, pero él tampoco sería el mismo. Siempre que miraba sus manos, la piel estaba llena de cicatrices, sus manos no tenían dedos, eran muñones y al momento de querer decir algo las palabras que salían de su boca no eran las que él quería decir. La situación siempre le resultaba muy incómoda, sobretodo cuando el ser desconocido atacaba a su abuelo, descuartizándolo completamente y riendo de manera burlona, con aquellos ojos llameantes. El hombre luchaba por no llegar a revivir eso y tampoco quería verse en el tren oscuro, avanzando por la lluvia dejando atrás un pueblo desconocido y con destino desconocido. Sintiendo la impotencia de no poder bajarse. Es por eso que de su boca escapaban quejidos. Abrió los ojos. Observaba el techo y parte superior de las paredes de la habitación, pero él sabía que no podía moverse. Todo estaba en calma, había despertado, pero el ruido de taladro seguía con él. Tampoco podía hablar.

La mirada de Wilma rodeaba todo y turbaba a Manuel, le costaba mantenerse ahí. Finalmente sintió esos ojos color miel envolviéndolo completamente. Sintió ganas de no seguir en ese lugar. Sintió el desagradable olor de las alcantarillas y quiso escapar. La mirada de Wilma era sombría y cubría todo el firmamento.

La madre se desvanecía y el viejo continuaba postrado.

La mano derecha de Manuel se relajaba y buscaba algo. Hoy abandonaría ese mundo sin culpa, dejaría a esos seres ahí, talvez les recordaría, talvez no. La madre lo miraba a medida que él se alejaba. El anciano había logrado levantar su cabeza y sin poder hablar le pedía que no le abandonara.

Volvía al túnel, retrocedía a la velocidad del trueno. No había tiempo. Veía las imágenes del fondo de escritorio de su computadora. Hoy como ayer, no escribiría nada.

- ¡Aló!

- Soy yo

- Justo estaba pensando en ti. Creía que ya no llamarías.

- Lo sé.