Los hombres avanzaban en la oscura noche. La lluvia caía sobre sus rostros haciendo más pesados sus uniformes. Esa noche debían tomar esa base a como diera lugar, era un objetivo estratégico de primera prioridad. No se debían escatimar esfuerzos en ello. La batalla había sido muy dura en los últimos días y las comunicaciones se habían hecho dificultosas. Por algo está el dicho que un soldado es un soldado, se debe a su patria.
Tito se desvió del resto y se dirigió hacia un camión. Como él era de los mejores tiradores notó que desde el interior del vehículo tendría una buena ubicación. Sorpresivamente detrás del camión salió un enemigo. No estaba a más de cinco metros de distancia. Ambos detuvieron la respiración, se observaron por un instante. Aunque era de noche, el fuego de un vehículo incendiado cercano permitó a Tito ver el rostro de su enemigo. Era un joven alto, de unos diecinueve años, de contextura delgada, casi imberbe y ojos marrón. El terror se graficaba en la cara de ese soldadito inexperto. Debe haber sido muy delgado, porque la mochila le sobresalía de manera exagerada por los costados. Apuntaba hacia Tito, sus brazos apenas se sostenían y debía realizar grandes esfuerzos para evitar que los temblores que recorrían su cuerpo hicieran caer el arma al suelo.
Tito sentía su boca seca y como la lluvia entraba por su nuca provocando esa desagradable sensación del agua bajando hacia la espalda. Tito ya sabía lo que sucedería. Miró al joven directamente a los ojos, levantó su fusil y lentamente acomodó el punto de mira hacia el muchacho, apuntó hacia sus piernas dibujó algunas espirales en el aire con la punta de su fusil, luego lentamente apuntó directamente hacia el rostro y finalmente avanzó dos pasos apuntándolo al pecho.
El niño soldado apenas podía mantenerse en pie, temblaba completamente, a las gotas de lluvia que se deslizaban desde el borde de su casco, se sumaron lágrimas recorriéndole el rostro.
En cambio Tito irradiaba seguridad. Bien parado, con pulso firme y con el rostro inexpresivo, Aguardaba. Cuando Tito supo que era el momento hizo un brusco movimiento y se oyó el disparo.
Tito cayó de espalda. Fue él quien había recibido el impacto de bala. Deliberadamente había sacado el dedo del gatillo cuando debió efectuar ese tiro.
Yacía de espaldas sin poder moverse. Ni siquiera podía levantar algo su cabeza, el casco le resultaba demasiado pesado. Notó que su mano derecha se mantenía apoyada sobre su rodilla derecha y el brazo izquierdo en forma de L sobre el suelo con la palma hacia arriba. Sentía calor en la zona del abdomen y como su sangre brotaba desde el pecho. No había dolor. Escuchó el ruido de botas acercándose.
Thomas corrió hacia Tito.
Tito tenía la mirada perdida. Thomas le habló, pero no hubo respuesta. Sacó un pañuelo y trató de contener la hemorragia, pero la sangre no cedía. Sabía que lo sucedido ocurrió así sólo porque Tito lo quiso. Sentía como la respiración de Tito se iba haciendo cada vez más lenta, era una respiración ronca, estertórica y crepitante.
-¿Porqué?- atinó a decir mientras tomó la mano izquierda de Tito entre ambas manos y la sostuvo así un instante. La respiración de Tito era casi imperceptible y su cara se inclinaba lentamente hacia el costado.
Tito supo que había hecho lo correcto, sintió esas delgadas manos, sosteniendo la suya y recorrió los intrincados laberintos del futuro. Vio pasar la vida de Thomas, vio pasar la vida de los que quedaban, la de sus propios hijos. Tuvo la claridad, recibió la respuesta. Vio el final del camino, el que él siempre creyó conocer. Sintió que la alegría inundaba a todas sus células, sonrió, se irguió, caminó unos pasos y se sentó con las piernas cruzadas. Sacó sus cigarros y encendió uno. Miraba como el humo le salía de la boca e hizo lo que desde niño siempre le había gustado. Formar argollas con su lengua mientras tarareaba una improvisada melodía.
Thomas acercó su oído al rostro de Tito. Sintió ese último suspiro. Dejó cuidadosamente la mano de Tito sobre su pecho y cerró los ojos de su enemigo.
Ya no tiritaba, fue entonces cuando comprendió que el miedo había sido extirpado para siempre de su ser.
Se incorporó, miró al cielo y vio algunas estrellas. Ya casi no llovía.
Tito sentía su boca seca y como la lluvia entraba por su nuca provocando esa desagradable sensación del agua bajando hacia la espalda. Tito ya sabía lo que sucedería. Miró al joven directamente a los ojos, levantó su fusil y lentamente acomodó el punto de mira hacia el muchacho, apuntó hacia sus piernas dibujó algunas espirales en el aire con la punta de su fusil, luego lentamente apuntó directamente hacia el rostro y finalmente avanzó dos pasos apuntándolo al pecho.
El niño soldado apenas podía mantenerse en pie, temblaba completamente, a las gotas de lluvia que se deslizaban desde el borde de su casco, se sumaron lágrimas recorriéndole el rostro.
En cambio Tito irradiaba seguridad. Bien parado, con pulso firme y con el rostro inexpresivo, Aguardaba. Cuando Tito supo que era el momento hizo un brusco movimiento y se oyó el disparo.
Tito cayó de espalda. Fue él quien había recibido el impacto de bala. Deliberadamente había sacado el dedo del gatillo cuando debió efectuar ese tiro.
Yacía de espaldas sin poder moverse. Ni siquiera podía levantar algo su cabeza, el casco le resultaba demasiado pesado. Notó que su mano derecha se mantenía apoyada sobre su rodilla derecha y el brazo izquierdo en forma de L sobre el suelo con la palma hacia arriba. Sentía calor en la zona del abdomen y como su sangre brotaba desde el pecho. No había dolor. Escuchó el ruido de botas acercándose.
Thomas corrió hacia Tito.
Tito tenía la mirada perdida. Thomas le habló, pero no hubo respuesta. Sacó un pañuelo y trató de contener la hemorragia, pero la sangre no cedía. Sabía que lo sucedido ocurrió así sólo porque Tito lo quiso. Sentía como la respiración de Tito se iba haciendo cada vez más lenta, era una respiración ronca, estertórica y crepitante.
-¿Porqué?- atinó a decir mientras tomó la mano izquierda de Tito entre ambas manos y la sostuvo así un instante. La respiración de Tito era casi imperceptible y su cara se inclinaba lentamente hacia el costado.
Tito supo que había hecho lo correcto, sintió esas delgadas manos, sosteniendo la suya y recorrió los intrincados laberintos del futuro. Vio pasar la vida de Thomas, vio pasar la vida de los que quedaban, la de sus propios hijos. Tuvo la claridad, recibió la respuesta. Vio el final del camino, el que él siempre creyó conocer. Sintió que la alegría inundaba a todas sus células, sonrió, se irguió, caminó unos pasos y se sentó con las piernas cruzadas. Sacó sus cigarros y encendió uno. Miraba como el humo le salía de la boca e hizo lo que desde niño siempre le había gustado. Formar argollas con su lengua mientras tarareaba una improvisada melodía.
Thomas acercó su oído al rostro de Tito. Sintió ese último suspiro. Dejó cuidadosamente la mano de Tito sobre su pecho y cerró los ojos de su enemigo.
Ya no tiritaba, fue entonces cuando comprendió que el miedo había sido extirpado para siempre de su ser.
Se incorporó, miró al cielo y vio algunas estrellas. Ya casi no llovía.
