NO HAY COMO DORMIR TRANQUILO

El automóvil avanzaba raudamente por la autopista de alta velocidad. Su dueño lo estaba estrenando ese día y recién entraba a probarlo en carretera. A esa hora andaban pocos vehículos y era el momento de probar el motor V 12, con sus 550 caballos de fuerza. Aceleró y en cosa de 5 segundos ya iba a 160 kilómetros por hora. Bajó las ventanas y abrió el techo para sentir mejor la velocidad.
Fernando además iba muy ofuscado por la pelea que acababa de tener con su mujer. Ella quería vender una casa en París y comprar otra en Montecarlo. También remodelar la cocina, renovar los muebles y de paso cambiar todos los artefactos, "que ya tenía dos años sin haberle hecho nada", según sus propias palabras.
Mientras se mordía el labio inferior, activó el turbo y sobrepasó los 225 kilómetros por hora. Sentía el viento en su rostro, debiendo entrecerrar un poco los ojos.
En eso iba cuando sonó su teléfono. Fernando atendió el llamado. Era un director de una de sus empresas asiáticas, informando que habían concretado una compra de acciones por varios millones de dólares y que esas acciones acababan de subir en un 28 %.
Fernando se puso feliz con esta noticia y con el correo electrónico que le había llegado en la mañana, donde le indicaban que Criogen se haría cargo de su cerebro una vez que él cumpliera 60 años y lo conservarían a lo menos por 150 años, hasta que se desarrollara la tecnología para adaptarle un soporte vital que permitiera reanimar y mantener su encéfalo activo por mucho tiempo.
El cielo nocturno estaba despejado y la vista de las estrellas y la Luna era espectacular. La leve brisa y la agradable temperatura invitaban a irse a alguno de los cerros cercanos y dejarse llevar observando el firmamento y el contraste con las luces de la ciudad.
Esa noche, un hombre caminaba lentamente ayudado por un bastón. Acababa de salir de su casa hacia el bar. Sus blancos cabellos ondeaban al viento. Iba muy feliz. Desde ya hacía muchos años su compañía eran los libros. Solía salir a caminar todos lo días por horas. Disfrutaba mucho hacerlo, aunque quienes lo veían pensaban en lo patético que se veía, casi arrastrando los pies y con serias dificultades para respirar. Vivía en una pieza con baño, en la calle El Rabel, al lado de una panadería en la que tenían dos gatos que no era raro encontrarlos durmiendo entra las marraquetas. Era muy querido por sus vecinos. Le decían el Tata Lucho. Y los niños que le conocían acostumbraban a acercársele para que él les contara sus historias, que para ellos eran algo así como las del Barón de Münchhausen.
Entró al bar y pidió vodka "del bueno".
A los pocos minutos llega Fernando y se sienta en su misma mesa.

- Hola. ¿Llevas mucho acá?
- No. Acabo de pedir mi vodka.
- Ah.
- ¿Cómo te ha ido?
- Bien. Tú sabes que a mi siempre me va bien- respondió Fernando, con un tono entre molesto y soberbio
- Lo sé. Leo los diarios y veo la televisión. ¿Y cómo está Helena?
- Muy bien, quiere vender la casa de París y comprar otra en Montecarlo- fue la respuesta de Fernando con un tono indiferente.
- He pensado en lo que hablamos la última vez y no lo haré-dijo Lucho.
- ¡Pero, no puedes hacerme esto!, ya tengo todo listo.
- Es que de verdad no me interesa, Fernando.
- Y a ti qué te va a interesar, si eres un desgraciado. Un anciano decrépito. Das pena. Mira tu ropa, son harapos. Ni siquiera usas perfume. No sé cómo pude pensarlo- Lucho, sólo se limitaba a escuchar a Fernando con la mirada fija en sus ojos, ni pestañeaba.
- Tú nunca has estado a mi nivel, Lucho- agregó Fernando- ¿Qué te has imaginado, pobre gallo?. ¿Crees que alguien como tú viene a jugar con mis decisiones? ¿No sabes que lo que yo puedo hacer contigo si quisiera demostrarte mi poder? Pareces un espantapájaros, y tampoco me mires con esa cara de estúpido, que me molesta- Lucho se echó hacia adelante y acercó su mano al hombro de Fernando. Este detectó la intención de Lucho y se inclinó hacia atrás, de manera refleja.
- Ya sabes que no me gusta que me toques, detesto tu olor. Mi camisa vale más que todo lo que posees
Fernando estaba muy molesto, su rostro estaba rojo y respiraba aceleradamente mientras gritaba. Lucho bajó su mano y la puso sobre la mesa. El brazo le tiritaba. Al notarlo, lo retiró automáticamente de la mesa.
- Más encima estás enfermo. Lo que faltaba. Viejo, solo y con Parkinson. ¿Algo más, Luchito?- El sarcasmo se apoderaba de Fernando.
- Fernando. Olvídate de Criogen. Te digo que no va conmigo.
- Lo único que te puedo decir yo, es que no tendrás otra oportunidad. Tú jamás podrás pagar por el procedimiento.
- Es que no me importa.
- Bueno, me tengo que ir. Tengo cosas que de verdad son importantes que solucionar. Te dejo sumido en tu miseria. Me aburriste. Adiós

Fernando tiró un billete sobre la mesa y se fue. Lucho vio como Fernando se alejaba y apusadamente terminó su vodka. Luego, emprendió su regreso casa. Al salir del bar, se agachó como pudo para recoger dos pequeñas piedras. Y así, mientras avanzaba con su caminar cansino, silbaba y con su mano izquierda lanzaba las piedrecitas al aire al más puro estilo "malabarista".

Minutos antes, luego de abandonar el bar y mientras subía a su nuevo auto, Fernando dijo en voz baja "No merece haber sido mi padre". En un rato ya estaba en casa retomando las negociaciones con su mujer.

- ¿Dónde andabas?- preguntó ella
- Tomándome un whisky- respondió Fernando
- ¡Que raro!
- ¿Raro, qué?
-¡No tienes olor a trago!
- ¿Quieres dejarme tranquilo?, ¡Por la misma chucha!
- ¡No quiero, ya me tienes harta de tus idioteces!

La mujer salió de la casa y de un piedrazo rompió el parabrisas de "la joyita" de Fernando.

- ¡Mira lo que hago con tu cagá de auto!

La mujer acababa de tomar un macetero y dio vueltas todo su contenido en el tapiz del auto. Fernando iba a abalanzarse sobre ella, pero antes sonó su celular. Se detuvo y respondió. Era nuevamente el director asiático.

- Fernando, las acciones se empinaron están casi al doble. Vendemos?
- ¡ Sabes pelotudo, métete tus acciones por la raja!

Fernando alzó su brazo y lanzó su celular, destrozándolo sobre un foco de lo que quedaba de su auto.